Los problemas del consumo consciente

Nota: la intención de este artículo no es la de vilipendiar el consumismo consciente o a aquellas personas que lo realizan.

Un consumidor consciente es un activista que considera el impacto medioambiental y político de su consumo. Es consciente de sus hábitos de adquisición, así, se decantará por productos que sean mejores para ellos o para una causa política, entre las que podría estar evitar la contaminación adicional del planeta, evitar los productos importados, reducir el plástico, consumir productos locales…

La lógica que lo sostiene es el mítico mecanismo de oferta y demanda por el que supuestamente se rige el mercado. El consumidor es libre de elegir y de consumir solo los productos que cumplan sus estándares, creando así una demanda de esos productos, al mismo tiempo que hace que disminuya la demanda de otros, de forma que las empresas tengan que cambiar los productos que ofertan. Un lema que resume esta mentalidad sucintamente es que cada consumición es un “acto moral”, una oportunidad para “votar con tu dinero” para conseguir lo que quieres.

Sin embargo, dentro de ese razonamiento pueden haber múltiples problemas, aunque estos existen más por el contexto en el que a veces se produce el consumo responsable, que por el consumo responsable en sí.

Es un buen comienzo, pero no puede ser solo un comienzo

Como cualquier movimiento que aspira a cambiar la relación de la sociedad con cualquier agente interno o externo, pensemos por ejemplo en el feminismo, el ecologismo requiere que las personas que aspiren a defender su causa examinen su comportamiento y responsabilidad en el problema que quieren eliminar. Requiere también que se enfrenten a la verdadera dimensión del problema, con el mismo del símil del feminismo, podríamos decir de contemplar no solo los roles de género más estrictos que han de cumplir las mujeres, sino también la violencia que se ejerce hacia ellas en casos de insumisión a los hombres. Es decir, supone un ejercicio de instrospección que provoca sentimientos de culpa y hace aflorar inseguridades, lo cual puede resultar tan abrumador para algunas personas que llegue a impedirles tomar acción, que es lo más importante.

Sin embargo, al evitar este paso al principio y atribuir la responsabilidad de la degradación del medio ambiente a una tercera persona, sea el supermercado que te da las bolsas de plástico sin pedirlas o los fabricantes que añaden envoltorios innecesarios a sus productos, es mucho más fácil enfadarse y movilizarse en contra, explica Nik Sawe, neurocientífico especializado en la toma de decisiones ambientales en la Universidad de Stanford. Al comprar comida orgánica y local y productos sin envoltorios, los consumidores sienten que hacen una diferencia, que están ayudando a revertir el problema poco a poco.

Excepto porque no lo están haciendo.

El problema del consumo

Sustituir el consumo desenfrenado de productos no ecológicos por el consumo de productos ecológicos apenas supone algo más que un gesto de buena fe. Una de las críticas más repetidas del consumo consciente es que, en ocasiones, este se escuda en la causa mediambiental para convertirse simplemente en una excusa para adquirir más productos y aliviar las conciencias de las personas consumistas.

Los consumistas verdes existen y, por mucho que su apellido parezca beneficioso, no son en absoluto deseables. El sobreconsumo humano de recursos, utilizados para elaborar tanto productos como para prestar servicios, es una de las causas principales del cambio climático, según explica Sabrina Helm, investigadora en la Universidad de Arizona.

La contaminación aparece generalmente en las cuatro etapas principales de la vida de un objeto: su fabricación, su venta (dentro de la cual incluyo el proceso de distribución), su uso y su eliminación. Es extremadamente difícil que un producto no sea contaminante al menos en uno de estos tres procesos, especialmente si es una empresa relativamente grande la que los realiza.

Así, tenemos el caso, por ejemplo, de las bolsas de tela algodón, uno de los grandes símbolos de la ecoconsciencia. Para igualar el impacto ambiental de la producción de una bolsa de plástico, sería necesario utilizar cada una de esas bolsas de tela más de 7.000 veces, porque requiere mucha agua. Sin embargo, las bolsas de plástico suponen un problema en su eliminación, como los otros objetos hechos de plásticos.

E incluso si el producto ideal, que no contaminara ni al degradarse ni al fabricarse, existiera, seguiría produciendo contaminación, aunque solo fuera por el el transporte del producto desde la fábrica hasta el punto de venta. Y, en caso de los tejidos y objetos hechos de plásticos, estos podrían desprender microplásticos con su uso, de forma que, son también contaminantes.

Por tanto, el consumir por consumir que se halla incrustado en la mayoría de culturas occidentales, es un obstáculo a superar también si queremos establecer una relación diferente con la naturaleza.

El precio de la consciencia

Por otra parte, el consumo consciente es una de las actividades que más ha contribuido a la creación de una visión innecesariamente elitista de lo que puede ser el ecologismo y la lucha contra el cambio climático.

Por mucho que se quiera argumentar lo contrario, la posibilidad de poder rechazar la mayoría de los productos que se ofertan en la mayoría de establecimientos, supone un privilegio. O el disponer del dinero que suponen esas alternativas ecológicas, que suelen ser caras, porque, aunque a la larga supongan un ahorro de dinero, requieren una inversión inicial que no todo el mundo puede hacer.

Por último, está el problema de lo que el dinero no puede comprar, pero que necesitamos para conseguir dinero: el tiempo. Tiempo para cocinar comidas en casa y ahorrar en envoltorios y comidas procesadas, tiempo para coser la ropa que se ha roto por su mala calidad y poder reutilizarla, tiempo para ir hasta un local más apartado donde se pueda conseguir comida orgánica en lugar del supermercado que está al lado de casa… todo supone tiempo.

Por otra parte, el tiempo necesario para informarse acerca de los diferentes problemas es un obstáculo que rara vez se enumera, pero que es real. Todo estará en internet, pero hay que saber buscar y diferenciar lo verdadero de lo falso. Esa educación no es un proceso que se haga en cinco minutos.

Y, que no se nos olvide, el mercado no es un lugar donde todo el mundo juegue limpio: no basta con saber, por ejemplo, que el aceite de palma es una de las mayores causas detrás de la destrucción de selvas en todo el mundo. Hace falta reconocerlo también detrás de todos los nombres bajo los que se esconde en las etiquetas.

Pero ya hago lo suficiente

Por otra parte, aunque se ha atribuido al consumo responsable el ser la casilla de incio de muchas personas ecologistas, también puede ser en cierto modo su final. Ese sentimiento de “haber hecho algo” que una persona puede experimentar tras haber adquirido un producto puede transformarse fácilmente en “ya he hecho lo suficiente”.

Un estudio reciente de la Universidad de California, San Diego, la neuro-economista Uma Karmarkar y el profesor asociado de marketing de la Universidad de Nueva York, Bryan Bollinger, confirma la existencia de ese suceso. Al examinar los hábitos de las personas que compraban bolsas reutilizables, encontraron que el hecho de tomar una decisión “buena” en un contexto parecía estar relacionado con una mayor indulgencia a la hora de tomar decisiones en otro, por ejemplo, en comprar más de lo que sería necesario.

Esto es problemático porque, como ya se ha dicho varias veces en este mismo artículo: el consumo consciente es un gesto valioso, pero sin apenas peso en el panorama general. Si la energía y tiempo de los que una persona dispone para luchar contra el cambio climático se centran únicamente en esta actividad, la están malgastando.

Todo es política

Las bolsas de plástico o las pajitas son síntomas, pero no el problema en sí. Cuando 100 empresas causan el 71% del dióxido de carbono que se arroja a la atmósfera y las empresas de fast fashion fabrican tanta ropa que acaban recurriendo a quemar el stock que no se ha vendido, no se puede decir que el problema se vaya a solucionar simplemente sustituyendo el coche por la bicicleta y comprando exclusivamente ropa de segunda mano.

Es necesario realizar cambios estructurales. Y atacar a la raíz del problema.

Como explica Alden Wicker, de Ecocult, “aunque queramos tomar las decisiones correctas, a menudo son demasiado pequeñas y demasiado tardías”. Continuando con el caso del problema de la fast fashion, ella explica que, cuando sus amigos le preguntan dónde pueden donar su ropa para que alguien que la necesite la vuelva a utilizar, ella responde que da igual, porque toda acabará siendo exportada a un país en vías de desarrollo. Y el problema no es de sus amigos, sino de las empresas de fast fashion que producen un sinfín de prendas que nadie quiere a ningún precio y que acaban inundando el mercado de segunda mano. Además de que, si se puede comprar al mismo precio la ropa nueva y la ropa de segunda mano, mucha gente ya no tiene ningún incentivo de comprar de segunda mano.

Como explica Wicker: “tomar pequeñas decisiones de compra ética sin tener en cuenta los incentivos estructurales para los modelos de negocio insostenibles de las empresas, no cambiará el mundo tan rápido como deseamos”. Mientras sigan siendo rentables las prácticas contaminantes y perjudiciales con las que funcionan muchas industrias, difícilmente las cambiarán.

Este es el mismo razonamiento que subyace el consumo responsable, pero resulta clave para actuar en un ámbito con mucho más poder: la política.

Según la investigación de Erica Chenoweth, politóloga de la Universidad de Harvard, una causa solo debe de contar con un 3,5% de la población que participe activamente en protestas para conseguirse. Según el Pew Research Center, el porcentaje de la población que se manifiesta “muy preocupado” por el cambio climático es de un 54% de media y es visto como una amenaza actual por un 51%. De forma que, si se lograra movilizar a todo ese colectivo, habría grandes cambios que podrían realizarse con seguridad.

En cuanto a la financiación que podría requerir esa actividad, un pequeño dato: en 2017 se invirtieron cerca de 9,32 mil millones de dólares en productos de limpieza ecológicos. Si en lugar de haber realizado ese desembolso a título personal se hubiera utilizado para lograr impulsar leyes prohibiendo los químicos que se intentan evitar, ¿cómo de grande hubiera podido ser ese cambio?

En definitiva, el consumo consciente nos puede hacer sentirnos mejor respecto a nosotros mismos, pero que supone un esfuerzo mental y económico que desvía nuestra atención de lo que es realmente importante.

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